lunes, 28 de octubre de 2019

Plurales singulares

Menos falta el aliento para respirar cerca. Menos avecina la certidumbre de la incertidumbre. Y es que no siempre el menos es más. Me - nos, por no asumir una responsabilidad que queda claro que de todos y ninguno es, pues el plural estaba claro, hasta que se empezó a buscar el ruido para lograr silencio. Vale simplemente porque esa distorsión del sonido llena todo para vaciar de lo real, para desmembrar y nos, poco a poco, lo que antes y mañana era la única singularidad del universo. Yo y nosotros.

lunes, 25 de julio de 2016

El mapa del tesoro

Un banco mirando al mar. Disculpad, dos bancos, uno con vistas al mar y el otro, a un lago. Ella cerró los ojos por un momento, y el olor a salado la transportó muy lejos. La llevó exactamente al otro banco, en el que había estado el año pasado, oliendo el Atlántico. Al abrirlos sin embargo, se encontró con el lago Lemán, con los Alpes al fondo. Tras un suspiro melancólico, abrió el libro que sostenía entre las manos, el mismo libro que la había llevado a ese banco, pues los Cuentos completos de Borges no se iban a conformar con ser leídos en un escenario cualquiera. O quizás había algo más grande detrás de esa decisión, algo que se escapa a la razón. Fue el dulce movimiento de su mano al buscar la página por la que dejó por última vez los relatos lo que hizo que algo se cayera del libro. No era más que una servilleta. Y a ella se le escaparon las lágrimas. De esas lágrimas que no son solo saladas como el mar, sino que tienen la dulzura del amor. Y es que en esa servilleta había dibujado un mapa, el que él dibujó el año pasado para mostrarle donde estarían de vacaciones juntos. "¿Qué haces?" - preguntó ella, al estilo de la época moderna. "Estoy en un banco mirando al mar, donde estuvimos el año pasado, ¿recuerdas?"- respondió él, con la cadencia típica de la distancia tecnológica. Y ella no fue capaz de retomar la lectura. Miró de nuevo la servilleta. Luego cerró los ojos, sin dejar de sostener el mapa del tesoro. Y es que eso es lo que era, un mapa del tesoro y un tesoro en sí mismo, que jugaba en el espacio, y en el tiempo a la vez, y con el olor a mar y el amor entre él y ella.

domingo, 17 de abril de 2016

Llueve en Lausanne

Era un equilibrio tan inestable que parecía dispuesto a romperse con solo suspirar. La gente daba por hecho donde estaba todo el peso de la balanza, y ella creía saberlo. Pero a veces los pilares están vacíos y enmascaran pesos pluma, o simplemente que cuando se juntan los dos mundos, nada es lo que parece. Porque ella podía amar dos ciudades a la vez, pero no mantener dos vidas para siempre. La decisión debería llegar en algún momento y si trataba de minar poco a poco tanto un lado como otro para ver que quedaba, se le iba a desgastar el alma. Y ella pensaba y pensaba que pensaba. Soñaba incluso qué consejo habría dado a la chica que hace años se marchó. Al despertarse se decía que la diría que nunca se marchase, que no se complicara la vida. Acto seguido miraba alrededor y a su interior, a lo que había crecido, y el consejo cambiaba, adoptaba una forma distinta a cada segundo. Y un día ocurrió. Ocurrió que se dio cuenta de que podría haber miles de consejos que dar, pero no a quién darlo. La chica que hace años se marchó, realmente se marchó.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Sentir o no sentir

Lo más evolutivo es huir del dolor, alejarnos de lo que nos hace daño. Y hablando de sentimientos, siempre que un sentimiento doloroso nos invade, intentamos encerrarlo en lo más profundo de nosotros, volvernos fríos ante todo. Quién haya sentido ese entumecimiento que genera el no sentir nada, se habrá dado cuenta que implica realmente no sentir nada. Nada malo, pero tampoco bueno. Si alejamos sentimientos que van de la mano, como el amor y el doloroso echar de menos, no solo de horas sino de kilómetros, nos quedamos vacíos. Los días pasan como si nada, como si no viviéramos nuestra vida sino que es como si la observáramos desde fuera, y nos aferramos a cualquier momento que nos vuelva a hacer vivir. Pero eso no es vida. Por eso, hay días que decides sentir, pasar calor y derretir el hielo, que el dolor de estar lejos de lo que quieras te invada, te corroa y te saque miles de lágrimas. Y ese día vuelves a sentir el amor con la misma intensidad que cuando no hay kilómetros, sino centímetros.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Tempus fugit

Pequeñas o grandes manías son las que nos determinan la personalidad. Hay personas que no son conscientes de sus excentricidades, otros, somos plenamente conscientes de ellas, y las dominamos como podemos para que no nos gobiernen a nosotros. La mía es el tiempo. Sí, el tic tac de las manecillas es una constante en mi cabeza, que no es más que un registro de horas, horarios, minutos y otras minucias. Normalmente juego con él, aunque más veces juega él conmigo, en general malas pasadas. Últimamente se empeña en ponerme cuentas atrás. Una cuenta atrás de los minutos que quedan para poder compartir más segundos contigo. Y es que la distancia o rompe o acerca corazones. Pero nadie habla del tiempo y sus efectos.

martes, 26 de mayo de 2015

Sweet home *

Cuando uno abandona su hogar al principio es muy sencillo saber dónde estaba éste. Todo se hace muy duro en el nuevo sitio, al que ni por asomo se llamaría casa. Se hace de todo por evadirse, por hacerse un hueco en la novedad. Y por regresar, al menos el que tenga motivos muy fuertes para hacerlo. Pronto ocurre un efecto cuántico: el estar en dos sitios a la vez, pero en realidad en ninguno. Cuando se está en uno se quiere ir al otro, y cuando la situación se invierte, se invierte el deseo. Y de repente uno se sorprende estando lejos de casa y hablando de ir allí, y no aquí. Y no, no es que no quiera volver a mi hogar. Es que he aprendido a querer a dos ciudades distintas, pero sobre todo, más que poner el corazón en un lugar, a hacerlo en cada una de las personas que los habitan, y disfrutar de cada compañía en un momento. Pero sí, hay un hogar muy especial en mi corazón, y es esa sonrisa. Esa sonrisa que se parte por la mitad para ser una media sonrisa cuando le digo que le echo de menos a morir pero que me da pena ir allí, que no quiero volver. Y es que a pesar de tener muchos pequeños hogares no hay nada más acogedor como él.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Yo ya no escribo

Yo ya no escribo.
Frase incompleta.
Yo ya no escribo para los demás.
Yo escribo para él, para nosotros.
En todo este tiempo no me ha faltado inspiración, y he narrado grandes obras: épicas, de intriga, de drama, de amor, de aventuras.
Pero el papel (o el teclado) no ha sido siempre el usual.
He escrito palabras en el aire que sólo han llegado a sus oídos, o al de un par de desconocidos si me he atrevido a gritar mis "te quieros".
He cantado por el móvil largas baladas sin música con el sólo testigo de sus ojos y su sonrisa.
He grabado nuestros pasos en miles de sitios y ciudades.
He tatuado su piel con las obras completas de Neruda y Bécquer, a veces hasta rasgando el lienzo para recalcar el mensaje.
He llenado de versos su corazón, con la sola idea de verme reflejada en él.
Y al final, tras todas esas palabras que he escrito, sea dónde sea, sólo puedo decir una. Su nombre.
Y no lo escribo.
Porque, cómo he dicho al principio, yo ya no escribo.


lunes, 3 de febrero de 2014

Infiernos

Para subir al cielo hay que poner un rato los pies en la Tierra y haber pasado un rato en el infierno. ¿Pero es en el cielo donde queremos estar? Dicen que la felicidad cansa, que no nos conformamos ni con lo que siempre hemos querido, que lo que nos gusta es ser desdichados. Parece que para poder sentir de verdad la dicha de las alturas hay que tocar fondo muchas más veces.
Yo creo que hay parte de verdad, pero nos equivocamos en lo esencial. Es verdad que la alegría se siente por comparación, también es cierto que lo que nos gusta es sentirnos vivos y para ello hay que llorar de vez en cuando, salir de esa cúpula que nos hemos montado alrededor nuestro para no ser heridos; somos inconformistas y siempre queremos más hasta cuando ya lo tenemos todo.
Y me creo que la felicidad raye, pero no que canse. ¿Que quieres bailar con los demonios? Cada cuál que juegue con su caja de Pandora.
A mi no me hables de cielos y de infiernos, he estado en ambos, pero ahora me muevo entre otros distintos.
Entre el cielo de su mirada, y el infierno de su sonrisa. Entre el cielo de sus caricias y el infierno de sus besos.

viernes, 15 de noviembre de 2013

En si bemol

Yo era demasiado dulce para inspirar un buen rap, y así es como llegamos al final, porque mucho tiempo sin música nos quedamos vacíos y sin alma.
Se que la clave (¿de sol?) era empezar derramando un buen whisky y acabar sobre el piano.
Yo te decía que tocaras en si bemol, y la melodía amortiguaba el ruido que hacía el quizás en mi cabeza, y la inestabilidad de las promesas a medias parecían en ese momento un terreno firme donde pisar.
Pero las canciones siempre acaban, y componer siempre en la misma tonalidad se te hacía monótono.
Y tal vez es que la vida sin cambios sea para los conformistas o que ser felices un instante no sea suficiente.
Sea como sea, cámbiame al menos por una buena pieza en mi bemol.


domingo, 10 de noviembre de 2013

Libertad y condena.

No vemos que la libertad condena.
Condena de pensar que en cualquier momento otra te puede estar besando.
Condena de saber que al final me perderás.
Condena de recordar que en un instante fuimos todo y al siguiente nada.
Para no condenarnos pedimos la libertad.
Libertad de separarnos para siempre cuando queramos estar juntos.
Libertad de sufrir por el puro placer de ser felices.
Libertad de querernos para condenarnos al olvido.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Así no hay quién escriba

Es en nuestras debilidades, en los momentos más oscuros, en nuestras penas cuando surge el verdadero escritor.
Es en los corazones rotos, los fondos de los vasos de ginebra, los besos vacíos y la música melancólica donde encontramos esos versos perdidos, aquellas frases shakesperianas y quizás hasta un best-seller. 
Y es que ¿es la felicidad irreconciliable con la inspiración?

viernes, 26 de julio de 2013

Romeo and Juliet

"It was just that the time was wrong, Juliet".
Apenas un susurro al oído.
Era un buen final, que decía lo que podría haber sido en otro momento, otras circunstancias, o en otra vida.
Así, nos habríamos olvidado poco a poco, quedando con el tiempo sólo esa dulce melancolía del quizás.
Pero.
Siempre aparecen los peros.
Y las impaciencias, y las tonterías, y los impulsos del último momento.
Y así, ahora nos queda el sabor de que así debería ser, y por tanto la angustia del corazón roto (si es que eso es posible).
Lo que podría haber sido, pasó dolorosamente de forma muy breve a ser. Y así, las palabras anteriores (que ya eran más suyas que de los Dire Straits), que eran una promesa de nada, un punto escrito justo a tiempo; pasaron a una ilegalidad de todo, unas exclamaciones bajo puntos suspensivos.
Un beso. Un beso que ha hecho que la poesía que era el posible final, ahora sea un burdo "puta vida tete".
¿Y además, ahora que queda?
Interrogaciones, todas las que quieras escribir, pero que no conducen más que a un punto muerto, o como lo suelen llamar, punto final.

"Juliet, the dice were loaded from the start
and I bet and you exploded in my heart
and I forget, I forget, the movie song
When you gonna realise, it was just that the time was wrong, Juliet?"
.

viernes, 7 de junio de 2013

Rayuela

Nunca dudo en decir que "Rayuela" de Cortázar es mi libro favorito, pero sé que muchos lo dudarías al saber que después de más de tres años aún no lo he terminado de leer, que de hecho, no he pasado de la mitad.
¿Entonces?
Puede que os deba una explicación.
Desde que leí "Octaedro", la forma de escribir de Cortázar me cautivó: historias en las que la trama parece no importar (aunque muchas veces dice mucho, mucho más que las palabras), y sí la unión de las palabras y el no decir nada diciendo todo. Tardé todo un verano en acabármelo, pero no porque me cansara o me aburriera. Al revés. Era un libro para saborear lentamente.
Pero al final, como todo, el libro llegó a su final. Y sentí ese vacío que ya he sentido otras muchas veces al acabar un libro. Es el vacío de perder un amigo, de acabar un viaje, de abandonar algo que ha sido parte de ti.
Pero sentía que era diferente, que esa forma de escribir había marcado un antes y un después.
Entonces me regalaron por mi cumpleaños "Rayuela".
No lo decidí al momento.
Sin embargo, creo que siempre había sabido de que ese libro no me lo acabaría.
Desde entonces ha permanecido en mi mesilla, y cuando lo necesito, o cuando simplemente me lo pide el cuerpo, vuelvo a sumergirme en la historia de Oliveira y La Maga.
A veces avanzo un par de capítulos, pero la mayoría retrocedo y vuelvo a leer capítulos por los que ya he pasado. Y es que las hojas del libro tienen más dobleces de los que puedo contar.
No me lo acabaré porque no puedo acabar con este libro. Sería decirle adiós a parte de mi, o puede que incluso a todo lo que he sido, soy o seré.
Es mi forma de decir que no quiero dejar de vivir, este libro es ahora mismo una extensión de lo que soy y acabarlo sería decir que ya he terminado con mi vida.
Parece muy extremo, pero tengo la sensación de que si acabo el libro, sería una analogía de que mi vida ha tocado a su fin.
Leerlo lentamente me hace sentir que aún me quedan muchas cosas por hacer en este mundo, en definitiva, me hace sentir viva.


sábado, 27 de abril de 2013

Tardes de todo y nada.

Todo y nada es una sensación que no puedo describir más que con locuras de palabras al azar, pues es en realidad de lo que está hecha. De partes sin sentido y a la vez tan conexas. Su momento de explosión son las tardes de sueño, pero de no querer intentar dormir por los sueños y lo que no lo son. El estómago parece querer decirte, repetirte y rerepetirte qué es lo que quieres, y sólo quieres salir de estas cuatro paredes. Pero escapar está tan lejos, y las fuerzas son tan escasas que el esfuerzo sí que sería el verdadero milagro y no otra cosa. Y es que en realidad no quieres nada, y precisamente por ello es por lo que quieres todo.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Reset

Casi es 2013, y toca hacer balance y esas cosas. Pero realmente ¿porqué lo hacemos? ¿Qué diferencia hay entre el 31 de diciembre y el 1 de enero?
La diferencia existirá sólo si queremos que exista, si necesitamos hacer un borrón y cuenta nueva.
Mi balance es positivo, pero pocas veces ha sido negativo. Porque hasta las cosas "malas" son buenas, nos cambian por dentro o nos llevan a situaciones que de otra forma jamás habrían ocurrido.
No voy a analizar mucho más este año 2012. El año pasado en estas fechas si que hice una especie de cambio de actitud, que simplemente consistió en pensar menos. Y ahora hay poca marcha atrás.
Pero ahora mismo no quiero reiniciarme. Porque eso se hace cuando se necesita y yo ahora mismo no quiero cambiar nada, sólo seguir avanzando en mi línea.
Soy increíblemente feliz. Cambiaría alguna cosilla que otra, pero eso no me requiere hacer un balance y cambio de actitud. Mañana haré las mismas cosas que hago hoy. Y no habré cambiado.
Que cada cual haga su propio examen de conciencia, y si las cosas no cuadran, bueno, la verdad es que hoy no es mal día para un reset. Pero tampoco lo será mañana, ni al día siguiente.


domingo, 9 de diciembre de 2012

A la deriva

Y me di cuenta de repente que iba a la deriva. Y me preocupé porque no me preocupaba. No intentaba buscar algo a lo que aferrarme aunque se me ofreciera, porque el mar aún estaba en calma, brillaba el sol, y el estar a la deriva era delicioso, más incluso que estar "a salvo".
Pero llegará el día en que vuelva la tormenta, y entonces buscaré desesperada algo seguro y acogedor a lo que agarrarme. Y ese día estaré perdida en mitad del mar, a mi estilo, a la verdadera deriva.
De aquí se extrae una buena moraleja, ¿a la que haré caso? Pues no, así soy yo. Sigamos nadando y flotando sin control.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Ayer, hoy, mañana, que más da.

Pronto será mañana ¿Cambia eso algo? Simplemente que a un día malo le dices adiós con la esperanza de que mañana sea mejor. Pero hoy, ayer y tal vez mañana sea la misma mierda. O tal vez no. Porque al final siempre hay alguien que consigue sacarte una sonrisa justo cuando ya estabas deseando meterte en la cama a esperar a las 0:00, a olvidar ese día y pensar ya en mañana.
Y esas alegrías te recuerdan que un día nunca se puede perder del todo, que hay que luchar siempre hasta el final.

"Siento molestarte, pero... no se... tienes cara de haber tenido un mal día... y no podía evitar decírtelo."
"¿Tanto se nota?"
"Sí, y es una pena. El día aún no ha acabado y aún puedes hacerlo el mejor día de tu vida. Basta con sonreír un poco tal vez. ¡Qué fácil lo he conseguido! No, no digas nada. Simplemente recuérdalo cada vez que quieras acobardarte por un pequeño tropezón, por algo que siempre será más insignificante que una preciosa sonrisa."

lunes, 8 de octubre de 2012

Lo que no cure una canción no tiene cura.


Siempre sabes cuando has tocado fondo, porque es el momento a partir del cual una chispa se enciende, y sabes que vas a subir.
Beautiful day comienza sonando leve, dulce, y luego va en aumento, hasta llegar al máximo, reventándote los oidos y por dentro, haciendo estallar algo pequeño ("The heart is a bloom", dice la canción); y cuando dice "The sky falls you feel like It's a beautiful day" en realidad te dice: prende la mecha, no habrá otro momento.
La canción se acaba, pero ya sabes que en ese momento eres inmune a cualquier jugarreta del destino.
Es el momento en que te haces invencible, inmortal.

martes, 10 de julio de 2012

Una Sinfonietta de Janáček


¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta al sentarse en el vagón?
Llevaba absorta en el libro desde que se había sentado a esperar en el andén, esos 3 minutos del metro en los que el tiempo siempre pasa más lento al parecer, pues suelen aparentar (o ser) 5.
Pero eso no era relevante.
Había parado a tomar aire, demasiado tiempo inmersa en la lectura, o demasiada tensión en un momento que requerían una breve pausa de reflexión. O tal vez fue esa intuición que nos hace notar las miradas furtivas.
No iba a ser precisamente ella la que juzgara a nadie, ella que escrutinizaba con atención a todo viajante del metro o del autobús, en especial para averiguar que leían o simplemente por cualquier detalle que llamara un mínimo la atención, para luego, con delicadeza, dejar que ese recuerdo cotilla se fuera tan fugazmente como había llegado.
Pero la mirada llegaba del viajante de al lado, que lo único que podía saber de él, sin apenas levantar la mirada era que estaba leyendo también.
Era arriesgado, pero alzó la mirada y observó qué reflejo le devolvía el cristal de enfrente.
Y se encontró de frente con una mirada enigmática de un chico, obligándola a bajar rápido la mirada.
Pero ya no podía concentrarse más en su lectura, necesitaba desesperadamente averiguar cuál era la de su misterioso acompañante. ¿Porqué y porqué tan desesperadamente? Sólo ella podría contestarlo, así que nos quedaremos con la intriga.
El desconocido había decidido no facilitarla la tarea, el libro lo tenía reposando en su regazo, y las letras no eran fáciles de leer en simples pasadas, y menos averiguar que mensaje trasmitían.
Pero la suerte decidió jugar de su lado, cuando nuestro chico con un suave gesto, pasó la página, mostrando el comienzo de un nuevo capítulo.
El dibujo de un reloj hizo que el corazón de ella palpitara más rápido, o se parara, aún no está claro, o podían ser incluso las dos cosas a la vez, quién sabe.
Sólo podía tratarse de After Dark, de Murakami.
Ella se preguntó como era posible que ambos sostuvieran el mismo libro entre las manos, una jugada extraña del destino, que sería propia, como de nadie más, de Murakami.
Él debía haberlo descubierto antes, y de ahí las miradas curiosas.
Ella alzó la mirada de nuevo al reflejo del cristal, como un resorte involuntario, sin atreverse, sin embargo, a girar los 90º que le separaban de su acompañante.
Él la esperaba con la mirada, una que invitaba que a ambos se preguntaran muchas cosas.
Y comenzó una silenciosa conversación, o más bien un lanzamiento de miradas, reflejo de pensamientos (seguramente confusos y caóticos).
Se preguntaban cómo era que se habían sentado al lado, y quién era el que lo había iniciado todo al sentarse justo en ese asiento.
Él le preguntaba cómo era que iba a esas horas tan arreglada, sola y leyendo en el metro justamente a Murakami, ella repondía sin muchas más repuestas, que estaba escrito en su camiseta: I have nothing better to do (than live!, lee la letra pequeña por favor, aunque eso haga que pierda todo sentido (o lo gane quién sabe, y dejémonos de paréntesis)).
Él le preguntaba si le estaba gustando el libro o si tal vez le resultaba demasiado raro, repondiéndole ella que para ella nada era más raro que esta situación y que tal vez 1Q84 era mejor.
Y muchas cosas más que parecía que había que decir, pero el altavoz del metro se encargó de hablar por todos, anunciando la próxima estación.
El chico que leía a Murakami se levantó lentamente, con esfuerzo, como si le pesara que esa fuera su parada.
Apartó la vista del cristal y se acercó paso a paso a la puerta del metro.
Debió de costarle una eternidad decidirse, pero se giró, y ya no había cristal que aliviara la incomodidad de la mirada directa.
La pregunta fue tan directa como la mirada. Fue más bien un signo de interrogación. ¿Te bajas aquí?
¿No?
¿Y si lo hicieras?
Pero ella sabía que este era el último metro que la quedaba, y sino se quedaría vagando por Madrid hasta las 7 de la mañana que saliera el primer autobús.
Lo extraño era que no la asustara, ni la preocupara.
Pero sabía que no bajaría en esa estación, sino en la siguiente, y le devolvió la pregunta ¿Te bajas en la siguiente?
¿No?
¿Y si lo hicieras?
No era el valor lo que flaqueaba.
Ambos parecían desear continuar la conversación, saber porque página iban y que les estaba implicando el libro, aparte de azar y una buena historia que contar.
La respuesta fue un acuerdo doloroso y consensuado.
Fue un guiño al destino y al azar, y una promesa de un reencuentro, que casi con toda seguridad no volvería a ocurrir. Pero ahí estaba la gracia, era otro maldito juego de la vida, el destino o lo que sea que hay ahí fuera, que les nubló la vista con esperanzas y literatura elevada y abstracta. Era muy literario todo, propio de una buena historia, y poco realista y con resultado, pensarían después, tal vez.
La despedida fue un baile de miradas.
Bailaban al son de la Sinfonietta de Janáček, el chico que leía a Murakami, y la chica que leía a Murakami.

miércoles, 20 de junio de 2012

El estado de espera.

Tal vez no había entendido lo que era estar en estado de espera hasta ahora. Es una sensación de que estas en un intervalo de espera, intermedio, como una calma vacía y aburrida antes de un huracán de locuras y en definitiva, vida.
Y lo dice la canción: we’re never gonna survive unless we get a little crazy. Pero no es algo que se pueda forzar, ¿o sí?
Si entiendes la vida como algo predestinado, te sientas a esperar a que vengan las cosas. Pero si ya no la entiendes así, ¿qué se hace?
Ha sido una metamorfosis lenta, demasiado como para darme cuenta de que había cambio alguno. Antes esperaba y esperaba, y a veces vivía, y a veces no.
Ahora sé que algo falla, que no vivo siempre al 100%. Y a mi no me sirve ni el 99%. Estoy bien, pero si se puede estar incluso mejor, ¿porque quedarse sentado?.
Y habrá miles de intervalos de espera, pero este se está prolongando mucho.
Este está bien para autoprotegerse en los finales, pero hace tiempo que no me hace falta, quiero comenzar ya, sensaciones viejas o nuevas, me es indiferente.
Necesito reír hasta llorar, correr hasta desfallecer, amar hasta oír el latido del corazón tan fuerte que me de vergüenza que alguien más lo oiga, ser tan feliz que mi sonrisa moleste a los demás.
Y no estoy escribiendo con tristeza, que nadie se equivoque, es el estado de espera, de las pequeñas cosas felices. ¿Pero porqué no querer aspirar más alto?

In a world full of people, only some want to fly, isn't that crazy?

viernes, 4 de mayo de 2012

Amaneceres y otras historias de redención.

De repente el autobús enfiló una curva, y el sol me impactó en la cara. La canción no era la más propicia, ni lo que estaba pensando, pero el nudo de rabia que tenía dentro comenzó a aflojarse. Porque perdonar es más difícil que olvidar. Y esto último tampoco es fácil.
Aunque quería olvidar y más aún perdonar (y es que no había nada que perdonar en realidad) no es algo racional que con pensarlo vale.
Mi orgullo estaba resentido y no iba a dejar que el cabreo se esfumase así como así, clamaba un poco de venganza hasta poder recomponerse de los trocitos en los que había quedado.
Pero el amanecer (y algo más) me pedía silencioso y a gritos que lo dejara estar. El nudo se aflojó, y lentamente, según iba alzándose el sol en el cielo, con Madrid al fondo, se fue deshaciendo hasta desaparecer por completo, supongo.
Era un paso de gigante en cuestión de horas.

A ver si acabamos ya este juego de hacernos daño sin querer, en el que pensé que no estaba moviendo ficha, y sin embargo, había jugado, con mis envenenadas palabras y mi inevitable sinceridad.
No se trataba ya de quién ganara o perdiera, en estos juegos siempre los dos bandos tienen las de perder.
La única victoria es saber ver cuando el juego tiene que acabar.
¿Acabamos?
Niña vete a tu casa hoy no podemos jugar.

martes, 24 de abril de 2012

Menos tonterías.

Déjate de Karma. ¿Aun crees que existe?
Si existiera el mundo no funcionaría de esta manera, y, las cosas no serían así.
La vida da y quita al azar, es un juego más, sin reglas, ni sentido, ni razón evidentemente.
La justicia o te la tomas por tu mano, o si esperas a que la aplique "algo" divino, fantástico e inexistente, apodado a veces Dios, a veces suerte, y la mayor parte de las veces Karma, pues eso, espera mejor sentado.
Me encanta tener razón, y como siempre, la tengo. No hay discusión ¿O alguien se atreve a decirme lo contrario?

Who would have thought that you could hurt me? The way you've done it, so deliberate, so determined.

domingo, 8 de abril de 2012

Veneno de reloj.

Angustia de no saber cuanto queda, de no poder jugar con el tiempo que nos reste. Alargarlo o acortarlo, adelantar o atrasar las acciones y sentimientos.
Tic, tac.
Ese maldito tic tac, que me destroza los oídos y algo más, que me lleva a la deriva del tiempo perdido y del que aún falta por llegar.
¿Y si nos olvidáramos por un momento del reloj, de que hay una cuenta atrás, y de aquello que nos frena tanto?
Es que es difícil vivir sabiendo que tienes los días contados, y no llevar tú la cuenta.

jueves, 29 de marzo de 2012

Border line.

En realidad nunca supe como me di cuenta de que estaba allí, en el lugar de la decisión definitiva: la de seguir adelante o retirarse a tiempo.
Tampoco tenía claro como había llegado hasta allí. O eso tal vez si que lo sabía.
Había sido fruto del dejarse llevar, del no pensar apenas, de las geniales improvisaciones.
Es el llamado punto del no retorno, que en los caminos te van señalando con mucho tiempo de antelación antes de que te topes con él.
Sería que había andado sin ver los carteles (o sin querer verlos).
Y allí me encontraba. Con el miedo calado hasta los huesos.
Tenía miedo porque ya sabía cual era el veredicto. Sólo quería saber antes en que momento exacto cogí ese camino sin retorno.
No fue el primer momento en que te vi (podría haberlo sido), ni en el que hablé contigo (quizás lo habría sido), ni en el que te besé (ese sin duda habría sido uno bueno).
Tal vez lo cogí antes de saberlo siquiera, pero el momento en el que fui consciente fue una de esas noches de despedidas interminables, en la que el abandonarte me pesaba tanto que me dolía respirar.
O quizás no hubo ningún primer instante de locura.
¿Porqué buscarlo?
Eso pensaba mientras daba el primer paso hacia el abismo, con determinación, y un atisbo de sonrisa en la mirada.

lunes, 12 de marzo de 2012

No mucho.

No era nada. Pero sin embargo, ahí estaba. Eso era indudable. Era insignificante, pero sin embargo, embriagador.
Como un rayo de luz breve entre las cortinas, una bocanada de aire frío en invierno, la silueta de Madrid dibujándose con el amanecer, una palabra que suena dulce, o un olor aún más tierno.
Y es que en la simplicidad está la perfección.

lunes, 20 de febrero de 2012

Fragmentos del caos de un instante.

"El desorden sólo pasó de una forma a otra diferente" 1Q84.
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El tiempo se había detenido. Pero para mí, no para el resto del mundo. Para ellos avanzaba inexorable, y me arrastraba a mí sin saberlo. Se supone que cuanto más rápido avanzas, más lento va el tiempo (son las leyes de la física), pero para ti, no para los demás.
Debía ser eso, estaba moviéndome a la velocidad de la luz. Lo cual es la ironía más perfecta, pues más despacio y suave no podría ir.
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Estoy at a place called Vertigo. Que en este caso tampoco se donde está, ni que hago allí. Sólo sé que estoy y no puedo salir. Ni creo que quiera salir, aclaremos.
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Ahora mismo debería ser la cumbre de la inspiración. Precisamente por eso, las palabras están ahí, pero no quieren salir. ¿En realidad quién necesita las palabras, cuando están de más?
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-¿Si ahora digo algo, lo estropearía verdad?
-¿Por qué, que ibas a decir?
-La verdad es que no lo sé, nada en concreto, pero a la vez muchas (o quizás demasiadas) cosas.

Pero eran palabras sueltas, que ni uniéndolas tenían sentido. ¿Por qué buscarles el orden? El desorden es bello.
Y es que la pregunta es: ¿Es necesario que todo cuadre siempre? El caos es lo mejor con lo que te puedes cruzar en la vida.

jueves, 2 de febrero de 2012

El eterno 50%

Como puede cambiarlo todo ese momento en el que la decisión es un 50%.
Ese momento en el que cogerás la opción contraria a la lógica, pero que parece evidentemente la correcta.
Tiempo después comprendes que la locura es la mejor opción que podrías haber elegido.
El eterno 50% que todo lo cambia.

viernes, 6 de enero de 2012

Historias de trenes de vuelta. Part. 2.

Una historia sin más.
Una historia sin pies ni cabeza ni final.
No es un final abierto, es sólo que no hay final, porque la historia es siempre igual, se repite sin parar.
Madrugar, desayunar, tren, último vagón, donde ya no pasa el revisor y plantarme a esperar.
Con las raíces agarradas a aquel asiento del tren, que no es mío, pero lleva mi nombre.
Te veo pasar. Si sólo cruzaras la mirada, aparecería el final de una vez a la historia, a mi locura, y comenzaría la cordura.
Te vas y comienzo a regresar.
Otro tren. A dormir, a soñar que termina el principio y el final.
Sueños donde se une mi realidad con la futura que aún no se ha cumplido ni se cumplirá.
Dependo del azar, de una jugada de más.
Sólo con girar la cabeza terminaría el juego, que comienza a agotar mis posibilidades, que no mi paciencia.
Reglas: esperar, pero prohibido moverse, prohibido ayudar al destino a jugar.
Mas no llega el final.
Ya lo he dicho, no tiene más.
No tiene pies, ni cabeza, sólo las raíces que me anclan a este asiento, mi cárcel personal de locura, una ley del mínimo esfuerzo que no da resultado.
No tiene final, porque será siempre igual.

martes, 6 de septiembre de 2011

Rolling in the deep.

Definitivamente caía en el abismo. Pero porque me dejaba caer sin remedio y sin control.
Rolling in the deep, pero porque me gusta estar lo más lejos (y deep) que pueda estar de la fácil y feliz superficie.
Es inevitable, el riesgo, las dolorosas sensaciones son necesarias.
Es como cuando te dicen que no pienses en algo, entonces piensas en ello. Y ya no hay salida, ese pensamiento se apodera de los demás posibles. Fabricas un posible futuro que en el mismo y preciso momento de su creación lo condenas a que nunca ocurra.
Porque así funciona la vida. Cuando algo no lo predices, ocurre. Y al contrario.
Por mucho que me preguntaba que coño hago con mi vida, la respuesta se reducía a yo que coño sé, y una mirada de odio a mí misma, por caer en la trampa de…no se ni que trampa es, porque no es ni real, la creaba yo misma, me hacía la zancadilla a mí misma, una ironía.
Para de pensar, para de escribir, paralo todo. Pero sigo, sigo, al igual que la canción no deja de sonar, me destroza nota a nota, porque es tan real, es aplastante. Simplemente, Rolling in the deep.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Necesidad de adrenalina

Aceleraba más y más. Comenzaba a llover, como una intuición o una señal de algo, no tenía claro qué.
Necesitaba tener la sensación de peligro, de alerta, de que te la estas jugando, que hace que tu cuerpo dé la señal de segregar adrenalina. Debe ser la sustancia clave, la que nos hace decir sí, realmente estoy vivo.
Pero esto no quiero decir que me la estuviera jugando, como aquellos que apenas tienen apego a la vida y la ponen en juego (o en venta sería más correcto) por nada.
Yo amo la vida, mi vida. Y necesitaba en ese momento sentirla con fuerza, con tanta energía como para que todo mi ser me dijera que debía aferrarme a ella aunque el esfuerzo me matara.
Llegue y salí del coche pero no entre en casa, me quede bajo la lluvia observando los rayos.
Las alegrías, los momentos de felicidad nos dan la adrenalina que necesitamos.
¿Pero que ocurre cuando la felicidad es rutina? Te acostumbras y esa adrenalina ya no tiene efecto. Y te preguntas si has perdido tu capacidad de sentir emociones.
Por eso recurres a la otra adrenalina, la de la angustia, la de la sensación de peligro, de alerta. La buscas en cosas que no tendrían importancia, pero haces que te afecten para sentir algo, necesitas sentir para saber que sigues vivo.
Por eso también buscas la lluvia, la tormenta, y miras con admiración los rayos, los truenos, que retumban y resuenan en todo tu interior.