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lunes, 25 de julio de 2016

El mapa del tesoro

Un banco mirando al mar. Disculpad, dos bancos, uno con vistas al mar y el otro, a un lago. Ella cerró los ojos por un momento, y el olor a salado la transportó muy lejos. La llevó exactamente al otro banco, en el que había estado el año pasado, oliendo el Atlántico. Al abrirlos sin embargo, se encontró con el lago Lemán, con los Alpes al fondo. Tras un suspiro melancólico, abrió el libro que sostenía entre las manos, el mismo libro que la había llevado a ese banco, pues los Cuentos completos de Borges no se iban a conformar con ser leídos en un escenario cualquiera. O quizás había algo más grande detrás de esa decisión, algo que se escapa a la razón. Fue el dulce movimiento de su mano al buscar la página por la que dejó por última vez los relatos lo que hizo que algo se cayera del libro. No era más que una servilleta. Y a ella se le escaparon las lágrimas. De esas lágrimas que no son solo saladas como el mar, sino que tienen la dulzura del amor. Y es que en esa servilleta había dibujado un mapa, el que él dibujó el año pasado para mostrarle donde estarían de vacaciones juntos. "¿Qué haces?" - preguntó ella, al estilo de la época moderna. "Estoy en un banco mirando al mar, donde estuvimos el año pasado, ¿recuerdas?"- respondió él, con la cadencia típica de la distancia tecnológica. Y ella no fue capaz de retomar la lectura. Miró de nuevo la servilleta. Luego cerró los ojos, sin dejar de sostener el mapa del tesoro. Y es que eso es lo que era, un mapa del tesoro y un tesoro en sí mismo, que jugaba en el espacio, y en el tiempo a la vez, y con el olor a mar y el amor entre él y ella.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Ayer, hoy, mañana, que más da.

Pronto será mañana ¿Cambia eso algo? Simplemente que a un día malo le dices adiós con la esperanza de que mañana sea mejor. Pero hoy, ayer y tal vez mañana sea la misma mierda. O tal vez no. Porque al final siempre hay alguien que consigue sacarte una sonrisa justo cuando ya estabas deseando meterte en la cama a esperar a las 0:00, a olvidar ese día y pensar ya en mañana.
Y esas alegrías te recuerdan que un día nunca se puede perder del todo, que hay que luchar siempre hasta el final.

"Siento molestarte, pero... no se... tienes cara de haber tenido un mal día... y no podía evitar decírtelo."
"¿Tanto se nota?"
"Sí, y es una pena. El día aún no ha acabado y aún puedes hacerlo el mejor día de tu vida. Basta con sonreír un poco tal vez. ¡Qué fácil lo he conseguido! No, no digas nada. Simplemente recuérdalo cada vez que quieras acobardarte por un pequeño tropezón, por algo que siempre será más insignificante que una preciosa sonrisa."

martes, 10 de julio de 2012

Una Sinfonietta de Janáček


¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta al sentarse en el vagón?
Llevaba absorta en el libro desde que se había sentado a esperar en el andén, esos 3 minutos del metro en los que el tiempo siempre pasa más lento al parecer, pues suelen aparentar (o ser) 5.
Pero eso no era relevante.
Había parado a tomar aire, demasiado tiempo inmersa en la lectura, o demasiada tensión en un momento que requerían una breve pausa de reflexión. O tal vez fue esa intuición que nos hace notar las miradas furtivas.
No iba a ser precisamente ella la que juzgara a nadie, ella que escrutinizaba con atención a todo viajante del metro o del autobús, en especial para averiguar que leían o simplemente por cualquier detalle que llamara un mínimo la atención, para luego, con delicadeza, dejar que ese recuerdo cotilla se fuera tan fugazmente como había llegado.
Pero la mirada llegaba del viajante de al lado, que lo único que podía saber de él, sin apenas levantar la mirada era que estaba leyendo también.
Era arriesgado, pero alzó la mirada y observó qué reflejo le devolvía el cristal de enfrente.
Y se encontró de frente con una mirada enigmática de un chico, obligándola a bajar rápido la mirada.
Pero ya no podía concentrarse más en su lectura, necesitaba desesperadamente averiguar cuál era la de su misterioso acompañante. ¿Porqué y porqué tan desesperadamente? Sólo ella podría contestarlo, así que nos quedaremos con la intriga.
El desconocido había decidido no facilitarla la tarea, el libro lo tenía reposando en su regazo, y las letras no eran fáciles de leer en simples pasadas, y menos averiguar que mensaje trasmitían.
Pero la suerte decidió jugar de su lado, cuando nuestro chico con un suave gesto, pasó la página, mostrando el comienzo de un nuevo capítulo.
El dibujo de un reloj hizo que el corazón de ella palpitara más rápido, o se parara, aún no está claro, o podían ser incluso las dos cosas a la vez, quién sabe.
Sólo podía tratarse de After Dark, de Murakami.
Ella se preguntó como era posible que ambos sostuvieran el mismo libro entre las manos, una jugada extraña del destino, que sería propia, como de nadie más, de Murakami.
Él debía haberlo descubierto antes, y de ahí las miradas curiosas.
Ella alzó la mirada de nuevo al reflejo del cristal, como un resorte involuntario, sin atreverse, sin embargo, a girar los 90º que le separaban de su acompañante.
Él la esperaba con la mirada, una que invitaba que a ambos se preguntaran muchas cosas.
Y comenzó una silenciosa conversación, o más bien un lanzamiento de miradas, reflejo de pensamientos (seguramente confusos y caóticos).
Se preguntaban cómo era que se habían sentado al lado, y quién era el que lo había iniciado todo al sentarse justo en ese asiento.
Él le preguntaba cómo era que iba a esas horas tan arreglada, sola y leyendo en el metro justamente a Murakami, ella repondía sin muchas más repuestas, que estaba escrito en su camiseta: I have nothing better to do (than live!, lee la letra pequeña por favor, aunque eso haga que pierda todo sentido (o lo gane quién sabe, y dejémonos de paréntesis)).
Él le preguntaba si le estaba gustando el libro o si tal vez le resultaba demasiado raro, repondiéndole ella que para ella nada era más raro que esta situación y que tal vez 1Q84 era mejor.
Y muchas cosas más que parecía que había que decir, pero el altavoz del metro se encargó de hablar por todos, anunciando la próxima estación.
El chico que leía a Murakami se levantó lentamente, con esfuerzo, como si le pesara que esa fuera su parada.
Apartó la vista del cristal y se acercó paso a paso a la puerta del metro.
Debió de costarle una eternidad decidirse, pero se giró, y ya no había cristal que aliviara la incomodidad de la mirada directa.
La pregunta fue tan directa como la mirada. Fue más bien un signo de interrogación. ¿Te bajas aquí?
¿No?
¿Y si lo hicieras?
Pero ella sabía que este era el último metro que la quedaba, y sino se quedaría vagando por Madrid hasta las 7 de la mañana que saliera el primer autobús.
Lo extraño era que no la asustara, ni la preocupara.
Pero sabía que no bajaría en esa estación, sino en la siguiente, y le devolvió la pregunta ¿Te bajas en la siguiente?
¿No?
¿Y si lo hicieras?
No era el valor lo que flaqueaba.
Ambos parecían desear continuar la conversación, saber porque página iban y que les estaba implicando el libro, aparte de azar y una buena historia que contar.
La respuesta fue un acuerdo doloroso y consensuado.
Fue un guiño al destino y al azar, y una promesa de un reencuentro, que casi con toda seguridad no volvería a ocurrir. Pero ahí estaba la gracia, era otro maldito juego de la vida, el destino o lo que sea que hay ahí fuera, que les nubló la vista con esperanzas y literatura elevada y abstracta. Era muy literario todo, propio de una buena historia, y poco realista y con resultado, pensarían después, tal vez.
La despedida fue un baile de miradas.
Bailaban al son de la Sinfonietta de Janáček, el chico que leía a Murakami, y la chica que leía a Murakami.

viernes, 6 de enero de 2012

Historias de trenes de vuelta. Part. 2.

Una historia sin más.
Una historia sin pies ni cabeza ni final.
No es un final abierto, es sólo que no hay final, porque la historia es siempre igual, se repite sin parar.
Madrugar, desayunar, tren, último vagón, donde ya no pasa el revisor y plantarme a esperar.
Con las raíces agarradas a aquel asiento del tren, que no es mío, pero lleva mi nombre.
Te veo pasar. Si sólo cruzaras la mirada, aparecería el final de una vez a la historia, a mi locura, y comenzaría la cordura.
Te vas y comienzo a regresar.
Otro tren. A dormir, a soñar que termina el principio y el final.
Sueños donde se une mi realidad con la futura que aún no se ha cumplido ni se cumplirá.
Dependo del azar, de una jugada de más.
Sólo con girar la cabeza terminaría el juego, que comienza a agotar mis posibilidades, que no mi paciencia.
Reglas: esperar, pero prohibido moverse, prohibido ayudar al destino a jugar.
Mas no llega el final.
Ya lo he dicho, no tiene más.
No tiene pies, ni cabeza, sólo las raíces que me anclan a este asiento, mi cárcel personal de locura, una ley del mínimo esfuerzo que no da resultado.
No tiene final, porque será siempre igual.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Café.

Desolada, mirando a la nada se quedó, pues no había nada. Perdió el juicio en cuestión de segundos. Ya no sabía que estaba viendo. O más bien si veía bien. O más bien si veía. Si soñaba o no soñaba. Qué era sueño y que realidad. Todo se estaba entrelazando en el más absoluto caos, como una forma de salvarse de la caída al vacío. Lo que ella llamaba realidad ya se había derrumbado. Lo que sustentaba su vida se había ido sin dejar rastro, como si realmente el pasado se lo hubiera imaginado, como si hubiera sido sólo un vago espejismo. Como si. Y como no.
La casa estaba extrañamente vacía. La casa o el alma, o más bien las dos cosas. No había estela dorada a seguir, ni una pista. Era buscar una aguja en un pajar con el sentido del tacto inutilizado. Continuar ese camino tan estrecho que tendría que encogerse hasta chocar consigo misma, sendero además infinito, sin meta y sin fin. Infinito, en definitiva.
Era eso o vivir para siempre de los sueños, de los recuerdos, donde todo es falso, pero inevitablemente cálido, confortable y seguro. Quedarse estático.
Era eso o desaparecer. Destruir ambos mundos, el suyo, su ser. Cortar el camino.
Había otra opción, a la que había que echarle agallas. Es el camino del olvido, el duro, el doloroso, el angustioso con callejones sin salida y numerosos retrocesos. Igual pero distinto. Hace falta demasiado valor, pero la recompensa, si se haya, es la buena, al real.
Aquella discusión no la había parecido tan tremenda como otras, pero debió sea la gota (la que colma el vaso, la que hace que desborde) para él.
Él puso el punto y final. Pero ella, al ver la casa vacía, escribió interrogación. No entendía. El corazón ciego no piensa, la razón ha sido desterrada de ese lugar.
El aroma del café recién hecho pareció despejarla. ¿Qué decisión tomó?
Ninguna. No había decisión alguna que tomar, se dejaría llevar por los vientos del instinto y del azar, los más arbitrarios, pero menos peligrosos. Al igual que el olor del café se dejaba llevar hacia donde debía.

lunes, 5 de julio de 2010

Trenes

Tren hacia mi destino.
Sería más interesante si no supiera cual es.
Sería bonito cerrar los ojos y coger el primer tren que llegara a la estación.
Dejarse llevar por un momento por el instinto.
Entrar en un vagón cualquiera, sentarme al azar en un asiento.
Cruzar una mirada real con aquel viajero que se siente frente a mí. Poder decir más de un hola cortés y falso. El ya no ser extraños en un tren.
Se acabarían aquellas miradas furtivas, curiosas a la vez, al reflejo de la ventanilla llena de grafitis.
El c8-b me dejará en mi parada pronto.
Me pregunto que hubiera pasado si me hubiera lanzado a la aventura de improvisar, de romper con la monótona rutina y dar paso al azar.
Pero flaquea el valor.