Una historia sin más.
Una historia sin pies ni cabeza ni final.
No es un final abierto, es sólo que no hay final, porque la historia es siempre igual, se repite sin parar.
Madrugar, desayunar, tren, último vagón, donde ya no pasa el revisor y plantarme a esperar.
Con las raíces agarradas a aquel asiento del tren, que no es mío, pero lleva mi nombre.
Te veo pasar. Si sólo cruzaras la mirada, aparecería el final de una vez a la historia, a mi locura, y comenzaría la cordura.
Te vas y comienzo a regresar.
Otro tren. A dormir, a soñar que termina el principio y el final.
Sueños donde se une mi realidad con la futura que aún no se ha cumplido ni se cumplirá.
Dependo del azar, de una jugada de más.
Sólo con girar la cabeza terminaría el juego, que comienza a agotar mis posibilidades, que no mi paciencia.
Reglas: esperar, pero prohibido moverse, prohibido ayudar al destino a jugar.
Mas no llega el final.
Ya lo he dicho, no tiene más.
No tiene pies, ni cabeza, sólo las raíces que me anclan a este asiento, mi cárcel personal de locura, una ley del mínimo esfuerzo que no da resultado.
No tiene final, porque será siempre igual.