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domingo, 4 de septiembre de 2011

Necesidad de adrenalina

Aceleraba más y más. Comenzaba a llover, como una intuición o una señal de algo, no tenía claro qué.
Necesitaba tener la sensación de peligro, de alerta, de que te la estas jugando, que hace que tu cuerpo dé la señal de segregar adrenalina. Debe ser la sustancia clave, la que nos hace decir sí, realmente estoy vivo.
Pero esto no quiero decir que me la estuviera jugando, como aquellos que apenas tienen apego a la vida y la ponen en juego (o en venta sería más correcto) por nada.
Yo amo la vida, mi vida. Y necesitaba en ese momento sentirla con fuerza, con tanta energía como para que todo mi ser me dijera que debía aferrarme a ella aunque el esfuerzo me matara.
Llegue y salí del coche pero no entre en casa, me quede bajo la lluvia observando los rayos.
Las alegrías, los momentos de felicidad nos dan la adrenalina que necesitamos.
¿Pero que ocurre cuando la felicidad es rutina? Te acostumbras y esa adrenalina ya no tiene efecto. Y te preguntas si has perdido tu capacidad de sentir emociones.
Por eso recurres a la otra adrenalina, la de la angustia, la de la sensación de peligro, de alerta. La buscas en cosas que no tendrían importancia, pero haces que te afecten para sentir algo, necesitas sentir para saber que sigues vivo.
Por eso también buscas la lluvia, la tormenta, y miras con admiración los rayos, los truenos, que retumban y resuenan en todo tu interior.

jueves, 4 de agosto de 2011

Inspirador.

Es extraño lo que nos puede dar un simple lugar.
Esperando en la estación, el solo hecho de pensar que iba a coger el tren, me lanzaba miles de frases que encajadas habrían podido ser la historia perfecta. Pero es difícil cogerlas al vuelo.
Lo más sorprendente es como un tren sucio, pintarrajeado y una estación solitaria y vacía dicen tanto. Son mi eterna inspiración.
Sentada con la piernas apoyadas en el asiento de enfrente, mirando por la ventanilla los campos infinitos, la música y la sonrisa son lo único que necesito para recuperar la inspiración desaparecida por tanto tiempo.
Será que la c8-b es como mi hogar pero el de mi imaginación. Será porque aún sigo pensando en el tren como el gran símil de la vida.
O porque algo tan triste o tan alegre, depende; tan solitario o a veces acompañado; tan vacío y lleno a la vez, es lo más parecido a las palabras que existe.

sábado, 30 de octubre de 2010

Agridulce.

Hay sensaciones agridulces. Estas son las que sientes al recordar algo bueno, algo pasado. Cuando uno toca una canción, los notas una detrás de otra, sin parar hasta el final, está en otro mundo, un mundo que se reduce a tus dedos y a tu oído, y a las teclas del piano. Da igual si te equivocas en una o dos notas, lo fascinante es la sensación que tienes de estar dejándote el alma en el piano, poner todo lo que sientes, bueno o malo en el pulsar de las teclas. Y cuando acabas, justo cuando el eco de la última nota desaparece, sientes un vacío, como si realmente te hubieras dejado parte de tu alma en esas malditas teclas. Y entonces necesitas volver a sentir esa sensación de expresar tu alma, tu esencia, sea como sea, cueste lo que cueste. Pero la canción siempre acaba, una y otra vez, y cada vez parece menos satisfactorio, como si realmente te quedara menos alma cada vez que tocas. Algo parecido ocurre al escribir. Te concentras en desenmarañar lo que hay dentro de ti, sacando sólo lo útil, lo que quiere decir algo en ese momento. Pero parece que una vez que esas palabras están escritas, han desaparecido de dentro de ti, y necesitas leerlas una y otra vez para recordarlas. Cuando lo vuelves a leer te preguntas si realmente escribiste tú eso, o fue otra persona. ¿Desaparece realmente parte de nosotros en esos momentos de perfección? Pruébalo. Hay miles de momentos así. Después de reír sin parar, sientes que necesitas volver a reír. Después de una conversación de esas en las que estás expresando mucho, te preguntas si realmente eras tú el que pensaste esas palabras justas. Después de zambullirte a una piscina, necesitas volver a notar esa sensación súbita de frescura. En el fondo hay dos momentos en nuestras vidas: cuando vivimos (sentimos, nos dejamos el alma) y cuando recordamos esos momentos, que es cuando nos preguntamos porque fueron tan perfectos, si realmente esas sensaciones merecían la pena. Por eso repetimos. Sin parar. Pero siempre llega la melancolía, hasta repetir. Sin embargo, siempre queda la duda de si la primera vez, o antes, eran igual de satisfactorias, o cada vez nos queda menos alma que dejarnos en la vida.

miércoles, 13 de enero de 2010

Porque el 2010 suena mejor que el 2009

Han pasado ya varios días desde que empezó este nuevo año. 2010. Es que suena realmente bien. La fiesta de nochevieja estuvo bien, pero no es eso lo que me lleva a pensar que este va a ser mi año. Es una extraña intuición que me llegó cuando conseguí comerme todas las uvas sin atragantarme. Pedí 12 deseos y presiento que se van a cumplir. El 2009 fue un buen año, de buenos momentos con la gente que más quiero, y de alguno malo. No sé si será por la cantidad de sensaciones, historias y momentos extraños que me han ocurrido en estos 13 días, o porque por fin debía cambiar mi filosofía de vida por lo que me siento tan en paz conmigo misma. ¿He encontrado por fin mi felicidad? He aprendido a perdonar y a perdonarme. He conseguido tomarme las cosas con la mayor calma posible y encajar de la mejor manera las decepciones. Me he vuelto asquerosamente realista, teniendo en cuenta que soy una romántica. Sigo siendo la misma, y desgraciadamente el mundo sigue estando igual, pero veo las cosas de otra forma. Las he reducido a su verdadera magnitud, y los problemas ya no son tan graves, y lo bello que es vivir es cada día más perfecto. Salir un día de nieve, escuchando a pleno volumen una canción, mirar al cielo esplendoroso y respirar hondo, creo que haría sonreir a cualquiera. ¿No se da cuenta la gente de lo maravilloso que es el mundo? A veces me quedo pensando que aunque la vida sea dura, en el fondo es un auténtico regalo. Me dijo una vez mi tío una frase muy sabia: que la vida era aquello que pasaba mientras nosotros estábamos angustiados. Pues yo no quiero que pase y avance. No quise cumplir 17 años, porque sentía que quería hacer mil cosas y que la vida era demasiado corta para todas las experiencias que quería tener. Es cierto que ese punto de vista es muy exagerado pero en el fondo no es más que una crisis existencial que debía pasar. Aunque no logre mis objetivos no dejaré nunca de luchar. Y aunque el mundo seguirá siendo un lugar inóspito en el que los hombres no hacemos más que fastidiarnos y pisarnos los unos a los otros este año va a ser perfecto para mí. Disculparme mi egoísmo, no soy más que un ser humano en su estado más puro y simple.

martes, 29 de diciembre de 2009

Inmortalidad

Es ser humano tiene muchas desgracias.
Una de ellas es sin duda que nos creamos dioses. Perfectos, todopoderosos, creemos saberlo todo, y además el mundo gira a nuestro alrededor. Por tanto, como dioses que somos exigimos que los que nos rodean también sean perfectos. Y en cuanto alguien se sale de nuestra idea de inmortalidad le rechazamos sin siquiera comprobar cómo es esa persona. Surge el desprecio y el orgullo en nuestro interior. Los dioses no están hechos para convivir con mortales.
Otra desgracia que se relaciona con la anterior es cuando alguien se ve mortal en un mundo de dioses. Lo mismo pero al contrario. Aquí es cuando aparecen sentimientos como la envidia y el complejo de inferioridad. Los mortales no pueden soportar a los dioses.



Lo único gracioso en este asunto es que en realidad los dioses no existen, todos somos imperfectos, y esto es realidad lo que nos hace ser perfectos. La perfección está en aceptar que no somos dioses, sino que todos somos iguales: tanto el que se cree dios, como el que se considera mortal.