lunes, 25 de julio de 2016
El mapa del tesoro
Un banco mirando al mar. Disculpad, dos bancos, uno con vistas al mar y el otro, a un lago. Ella cerró los ojos por un momento, y el olor a salado la transportó muy lejos. La llevó exactamente al otro banco, en el que había estado el año pasado, oliendo el Atlántico. Al abrirlos sin embargo, se encontró con el lago Lemán, con los Alpes al fondo. Tras un suspiro melancólico, abrió el libro que sostenía entre las manos, el mismo libro que la había llevado a ese banco, pues los Cuentos completos de Borges no se iban a conformar con ser leídos en un escenario cualquiera. O quizás había algo más grande detrás de esa decisión, algo que se escapa a la razón. Fue el dulce movimiento de su mano al buscar la página por la que dejó por última vez los relatos lo que hizo que algo se cayera del libro. No era más que una servilleta. Y a ella se le escaparon las lágrimas. De esas lágrimas que no son solo saladas como el mar, sino que tienen la dulzura del amor. Y es que en esa servilleta había dibujado un mapa, el que él dibujó el año pasado para mostrarle donde estarían de vacaciones juntos. "¿Qué haces?" - preguntó ella, al estilo de la época moderna. "Estoy en un banco mirando al mar, donde estuvimos el año pasado, ¿recuerdas?"- respondió él, con la cadencia típica de la distancia tecnológica. Y ella no fue capaz de retomar la lectura. Miró de nuevo la servilleta. Luego cerró los ojos, sin dejar de sostener el mapa del tesoro. Y es que eso es lo que era, un mapa del tesoro y un tesoro en sí mismo, que jugaba en el espacio, y en el tiempo a la vez, y con el olor a mar y el amor entre él y ella.
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