En realidad nunca supe como me di cuenta de que estaba allí, en el lugar de la decisión definitiva: la de seguir adelante o retirarse a tiempo.
Tampoco tenía claro como había llegado hasta allí. O eso tal vez si que lo sabía.
Había sido fruto del dejarse llevar, del no pensar apenas, de las geniales improvisaciones.
Es el llamado punto del no retorno, que en los caminos te van señalando con mucho tiempo de antelación antes de que te topes con él.
Sería que había andado sin ver los carteles (o sin querer verlos).
Y allí me encontraba. Con el miedo calado hasta los huesos.
Tenía miedo porque ya sabía cual era el veredicto. Sólo quería saber antes en que momento exacto cogí ese camino sin retorno.
No fue el primer momento en que te vi (podría haberlo sido), ni en el que hablé contigo (quizás lo habría sido), ni en el que te besé (ese sin duda habría sido uno bueno).
Tal vez lo cogí antes de saberlo siquiera, pero el momento en el que fui consciente fue una de esas noches de despedidas interminables, en la que el abandonarte me pesaba tanto que me dolía respirar.
O quizás no hubo ningún primer instante de locura.
¿Porqué buscarlo?
Eso pensaba mientras daba el primer paso hacia el abismo, con determinación, y un atisbo de sonrisa en la mirada.
jueves, 29 de marzo de 2012
lunes, 12 de marzo de 2012
No mucho.
No era nada. Pero sin embargo, ahí estaba. Eso era indudable. Era insignificante, pero sin embargo, embriagador.
Como un rayo de luz breve entre las cortinas, una bocanada de aire frío en invierno, la silueta de Madrid dibujándose con el amanecer, una palabra que suena dulce, o un olor aún más tierno.
Y es que en la simplicidad está la perfección.
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