martes, 26 de mayo de 2015

Sweet home *

Cuando uno abandona su hogar al principio es muy sencillo saber dónde estaba éste. Todo se hace muy duro en el nuevo sitio, al que ni por asomo se llamaría casa. Se hace de todo por evadirse, por hacerse un hueco en la novedad. Y por regresar, al menos el que tenga motivos muy fuertes para hacerlo. Pronto ocurre un efecto cuántico: el estar en dos sitios a la vez, pero en realidad en ninguno. Cuando se está en uno se quiere ir al otro, y cuando la situación se invierte, se invierte el deseo. Y de repente uno se sorprende estando lejos de casa y hablando de ir allí, y no aquí. Y no, no es que no quiera volver a mi hogar. Es que he aprendido a querer a dos ciudades distintas, pero sobre todo, más que poner el corazón en un lugar, a hacerlo en cada una de las personas que los habitan, y disfrutar de cada compañía en un momento. Pero sí, hay un hogar muy especial en mi corazón, y es esa sonrisa. Esa sonrisa que se parte por la mitad para ser una media sonrisa cuando le digo que le echo de menos a morir pero que me da pena ir allí, que no quiero volver. Y es que a pesar de tener muchos pequeños hogares no hay nada más acogedor como él.