Desolada, mirando a la nada se quedó, pues no había nada. Perdió el juicio en cuestión de segundos. Ya no sabía que estaba viendo. O más bien si veía bien. O más bien si veía. Si soñaba o no soñaba. Qué era sueño y que realidad. Todo se estaba entrelazando en el más absoluto caos, como una forma de salvarse de la caída al vacío. Lo que ella llamaba realidad ya se había derrumbado. Lo que sustentaba su vida se había ido sin dejar rastro, como si realmente el pasado se lo hubiera imaginado, como si hubiera sido sólo un vago espejismo. Como si. Y como no.La casa estaba extrañamente vacía. La casa o el alma, o más bien las dos cosas. No había estela dorada a seguir, ni una pista. Era buscar una aguja en un pajar con el sentido del tacto inutilizado. Continuar ese camino tan estrecho que tendría que encogerse hasta chocar consigo misma, sendero además infinito, sin meta y sin fin. Infinito, en definitiva.
Era eso o vivir para siempre de los sueños, de los recuerdos, donde todo es falso, pero inevitablemente cálido, confortable y seguro. Quedarse estático.
Era eso o desaparecer. Destruir ambos mundos, el suyo, su ser. Cortar el camino.
Había otra opción, a la que había que echarle agallas. Es el camino del olvido, el duro, el doloroso, el angustioso con callejones sin salida y numerosos retrocesos. Igual pero distinto. Hace falta demasiado valor, pero la recompensa, si se haya, es la buena, al real.
Aquella discusión no la había parecido tan tremenda como otras, pero debió sea la gota (la que colma el vaso, la que hace que desborde) para él.
Él puso el punto y final. Pero ella, al ver la casa vacía, escribió interrogación. No entendía. El corazón ciego no piensa, la razón ha sido desterrada de ese lugar.
El aroma del café recién hecho pareció despejarla. ¿Qué decisión tomó?
Ninguna. No había decisión alguna que tomar, se dejaría llevar por los vientos del instinto y del azar, los más arbitrarios, pero menos peligrosos. Al igual que el olor del café se dejaba llevar hacia donde debía.
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