Una de ellas es sin duda que nos creamos dioses. Perfectos, todopoderosos, creemos saberlo todo, y además el mundo gira a nuestro alrededor. Por tanto, como dioses que somos exigimos que los que nos rodean también sean perfectos. Y en cuanto alguien se sale de nuestra idea de inmortalidad le rechazamos sin siquiera comprobar cómo es esa persona. Surge el desprecio y el orgullo en nuestro interior. Los dioses no están hechos para convivir con mortales.
Otra desgracia que se relaciona con la anterior es cuando alguien se ve mortal en un mundo de dioses. Lo mismo pero al contrario. Aquí es cuando aparecen sentimientos como la envidia y el complejo de inferioridad. Los mortales no pueden soportar a los dioses.
Lo único gracioso en este asunto es que en realidad los dioses no existen, todos somos imperfectos, y esto es realidad lo que nos hace ser perfectos. La perfección está en aceptar que no somos dioses, sino que todos somos iguales: tanto el que se cree dios, como el que se considera mortal.

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