Hay sensaciones agridulces. Estas son las que sientes al recordar algo bueno, algo pasado. Cuando uno toca una canción, los notas una detrás de otra, sin parar hasta el final, está en otro mundo, un mundo que se reduce a tus dedos y a tu oído, y a las teclas del piano. Da igual si te equivocas en una o dos notas, lo fascinante es la sensación que tienes de estar dejándote el alma en el piano, poner todo lo que sientes, bueno o malo en el pulsar de las teclas. Y cuando acabas, justo cuando el eco de la última nota desaparece, sientes un vacío, como si realmente te hubieras dejado parte de tu alma en esas malditas teclas. Y entonces necesitas volver a sentir esa sensación de expresar tu alma, tu esencia, sea como sea, cueste lo que cueste. Pero la canción siempre acaba, una y otra vez, y cada vez parece menos satisfactorio, como si realmente te quedara menos alma cada vez que tocas. Algo parecido ocurre al escribir. Te concentras en desenmarañar lo que hay dentro de ti, sacando sólo lo útil, lo que quiere decir algo en ese momento. Pero parece que una vez que esas palabras están escritas, han desaparecido de dentro de ti, y necesitas leerlas una y otra vez para recordarlas. Cuando lo vuelves a leer te preguntas si realmente escribiste tú eso, o fue otra persona. ¿Desaparece realmente parte de nosotros en esos momentos de perfección? Pruébalo. Hay miles de momentos así. Después de reír sin parar, sientes que necesitas volver a reír. Después de una conversación de esas en las que estás expresando mucho, te preguntas si realmente eras tú el que pensaste esas palabras justas. Después de zambullirte a una piscina, necesitas volver a notar esa sensación súbita de frescura. En el fondo hay dos momentos en nuestras vidas: cuando vivimos (sentimos, nos dejamos el alma) y cuando recordamos esos momentos, que es cuando nos preguntamos porque fueron tan perfectos, si realmente esas sensaciones merecían la pena. Por eso repetimos. Sin parar. Pero siempre llega la melancolía, hasta repetir. Sin embargo, siempre queda la duda de si la primera vez, o antes, eran igual de satisfactorias, o cada vez nos queda menos alma que dejarnos en la vida.
sábado, 30 de octubre de 2010
Agridulce.
Hay sensaciones agridulces. Estas son las que sientes al recordar algo bueno, algo pasado. Cuando uno toca una canción, los notas una detrás de otra, sin parar hasta el final, está en otro mundo, un mundo que se reduce a tus dedos y a tu oído, y a las teclas del piano. Da igual si te equivocas en una o dos notas, lo fascinante es la sensación que tienes de estar dejándote el alma en el piano, poner todo lo que sientes, bueno o malo en el pulsar de las teclas. Y cuando acabas, justo cuando el eco de la última nota desaparece, sientes un vacío, como si realmente te hubieras dejado parte de tu alma en esas malditas teclas. Y entonces necesitas volver a sentir esa sensación de expresar tu alma, tu esencia, sea como sea, cueste lo que cueste. Pero la canción siempre acaba, una y otra vez, y cada vez parece menos satisfactorio, como si realmente te quedara menos alma cada vez que tocas. Algo parecido ocurre al escribir. Te concentras en desenmarañar lo que hay dentro de ti, sacando sólo lo útil, lo que quiere decir algo en ese momento. Pero parece que una vez que esas palabras están escritas, han desaparecido de dentro de ti, y necesitas leerlas una y otra vez para recordarlas. Cuando lo vuelves a leer te preguntas si realmente escribiste tú eso, o fue otra persona. ¿Desaparece realmente parte de nosotros en esos momentos de perfección? Pruébalo. Hay miles de momentos así. Después de reír sin parar, sientes que necesitas volver a reír. Después de una conversación de esas en las que estás expresando mucho, te preguntas si realmente eras tú el que pensaste esas palabras justas. Después de zambullirte a una piscina, necesitas volver a notar esa sensación súbita de frescura. En el fondo hay dos momentos en nuestras vidas: cuando vivimos (sentimos, nos dejamos el alma) y cuando recordamos esos momentos, que es cuando nos preguntamos porque fueron tan perfectos, si realmente esas sensaciones merecían la pena. Por eso repetimos. Sin parar. Pero siempre llega la melancolía, hasta repetir. Sin embargo, siempre queda la duda de si la primera vez, o antes, eran igual de satisfactorias, o cada vez nos queda menos alma que dejarnos en la vida.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario