martes, 10 de julio de 2012
Una Sinfonietta de Janáček
¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta al sentarse en el vagón?
Llevaba absorta en el libro desde que se había sentado a esperar en el andén, esos 3 minutos del metro en los que el tiempo siempre pasa más lento al parecer, pues suelen aparentar (o ser) 5.
Pero eso no era relevante.
Había parado a tomar aire, demasiado tiempo inmersa en la lectura, o demasiada tensión en un momento que requerían una breve pausa de reflexión. O tal vez fue esa intuición que nos hace notar las miradas furtivas.
No iba a ser precisamente ella la que juzgara a nadie, ella que escrutinizaba con atención a todo viajante del metro o del autobús, en especial para averiguar que leían o simplemente por cualquier detalle que llamara un mínimo la atención, para luego, con delicadeza, dejar que ese recuerdo cotilla se fuera tan fugazmente como había llegado.
Pero la mirada llegaba del viajante de al lado, que lo único que podía saber de él, sin apenas levantar la mirada era que estaba leyendo también.
Era arriesgado, pero alzó la mirada y observó qué reflejo le devolvía el cristal de enfrente.
Y se encontró de frente con una mirada enigmática de un chico, obligándola a bajar rápido la mirada.
Pero ya no podía concentrarse más en su lectura, necesitaba desesperadamente averiguar cuál era la de su misterioso acompañante. ¿Porqué y porqué tan desesperadamente? Sólo ella podría contestarlo, así que nos quedaremos con la intriga.
El desconocido había decidido no facilitarla la tarea, el libro lo tenía reposando en su regazo, y las letras no eran fáciles de leer en simples pasadas, y menos averiguar que mensaje trasmitían.
Pero la suerte decidió jugar de su lado, cuando nuestro chico con un suave gesto, pasó la página, mostrando el comienzo de un nuevo capítulo.
El dibujo de un reloj hizo que el corazón de ella palpitara más rápido, o se parara, aún no está claro, o podían ser incluso las dos cosas a la vez, quién sabe.
Sólo podía tratarse de After Dark, de Murakami.
Ella se preguntó como era posible que ambos sostuvieran el mismo libro entre las manos, una jugada extraña del destino, que sería propia, como de nadie más, de Murakami.
Él debía haberlo descubierto antes, y de ahí las miradas curiosas.
Ella alzó la mirada de nuevo al reflejo del cristal, como un resorte involuntario, sin atreverse, sin embargo, a girar los 90º que le separaban de su acompañante.
Él la esperaba con la mirada, una que invitaba que a ambos se preguntaran muchas cosas.
Y comenzó una silenciosa conversación, o más bien un lanzamiento de miradas, reflejo de pensamientos (seguramente confusos y caóticos).
Se preguntaban cómo era que se habían sentado al lado, y quién era el que lo había iniciado todo al sentarse justo en ese asiento.
Él le preguntaba cómo era que iba a esas horas tan arreglada, sola y leyendo en el metro justamente a Murakami, ella repondía sin muchas más repuestas, que estaba escrito en su camiseta: I have nothing better to do (than live!, lee la letra pequeña por favor, aunque eso haga que pierda todo sentido (o lo gane quién sabe, y dejémonos de paréntesis)).
Él le preguntaba si le estaba gustando el libro o si tal vez le resultaba demasiado raro, repondiéndole ella que para ella nada era más raro que esta situación y que tal vez 1Q84 era mejor.
Y muchas cosas más que parecía que había que decir, pero el altavoz del metro se encargó de hablar por todos, anunciando la próxima estación.
El chico que leía a Murakami se levantó lentamente, con esfuerzo, como si le pesara que esa fuera su parada.
Apartó la vista del cristal y se acercó paso a paso a la puerta del metro.
Debió de costarle una eternidad decidirse, pero se giró, y ya no había cristal que aliviara la incomodidad de la mirada directa.
La pregunta fue tan directa como la mirada. Fue más bien un signo de interrogación. ¿Te bajas aquí?
¿No?
¿Y si lo hicieras?
Pero ella sabía que este era el último metro que la quedaba, y sino se quedaría vagando por Madrid hasta las 7 de la mañana que saliera el primer autobús.
Lo extraño era que no la asustara, ni la preocupara.
Pero sabía que no bajaría en esa estación, sino en la siguiente, y le devolvió la pregunta ¿Te bajas en la siguiente?
¿No?
¿Y si lo hicieras?
No era el valor lo que flaqueaba.
Ambos parecían desear continuar la conversación, saber porque página iban y que les estaba implicando el libro, aparte de azar y una buena historia que contar.
La respuesta fue un acuerdo doloroso y consensuado.
Fue un guiño al destino y al azar, y una promesa de un reencuentro, que casi con toda seguridad no volvería a ocurrir. Pero ahí estaba la gracia, era otro maldito juego de la vida, el destino o lo que sea que hay ahí fuera, que les nubló la vista con esperanzas y literatura elevada y abstracta. Era muy literario todo, propio de una buena historia, y poco realista y con resultado, pensarían después, tal vez.
La despedida fue un baile de miradas.
Bailaban al son de la Sinfonietta de Janáček, el chico que leía a Murakami, y la chica que leía a Murakami.
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Ahí está la resistencia al azar, el miedo a sus consecuencias, el valor misterioso de las coincidencias. Me gustó mucho.
ResponderEliminargenial, simplemente genial. Me han pasado cosas así también y es exactamente como lo has contado :D
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