De repente el autobús enfiló una curva, y el sol me impactó en la cara. La canción no era la más propicia, ni lo que estaba pensando, pero el nudo de rabia que tenía dentro comenzó a aflojarse. Porque perdonar es más difícil que olvidar. Y esto último tampoco es fácil.
Aunque quería olvidar y más aún perdonar (y es que no había nada que perdonar en realidad) no es algo racional que con pensarlo vale.
Mi orgullo estaba resentido y no iba a dejar que el cabreo se esfumase así como así, clamaba un poco de venganza hasta poder recomponerse de los trocitos en los que había quedado.
Pero el amanecer (y algo más) me pedía silencioso y a gritos que lo dejara estar. El nudo se aflojó, y lentamente, según iba alzándose el sol en el cielo, con Madrid al fondo, se fue deshaciendo hasta desaparecer por completo, supongo.
Era un paso de gigante en cuestión de horas.
A ver si acabamos ya este juego de hacernos daño sin querer, en el que pensé que no estaba moviendo ficha, y sin embargo, había jugado, con mis envenenadas palabras y mi inevitable sinceridad.
No se trataba ya de quién ganara o perdiera, en estos juegos siempre los dos bandos tienen las de perder.
La única victoria es saber ver cuando el juego tiene que acabar.
¿Acabamos?
Niña vete a tu casa hoy no podemos jugar.
viernes, 4 de mayo de 2012
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Hecho :) Gracias Lau.
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